Avivatos hasta se visten a costillas del Profe Moncayo

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Esa situación, entre otras cosas, obligó a los andariegos que acompañan al profesor en su marcha hacia Bogotá a portar una escarapela con su nombre en letras grandes.

Uno de estos casos se presentó a la salida de Ibagué, cuando Karol Moncayo terminaba su almuerzo en la zona de comidas de un centro comercial.

El administrador de un almacén de cadena le envió el recado de que les había entregado a unas muchachas tres pares de tenis que ella supuestamente había mandado a pedir.

Los zapatos, por supuesto, nunca se unieron a la caminata.

En la segunda semana se les unió un hombre en muletas que anduvo varios kilómetros con ellos. Intentaron disuadirlo, pero él alegó que correría con todos sus gastos, cuenta Karol.

De todos modos le dieron alojamiento y alimentación por varios días, hasta que dos de los caminantes aseguraron haberlo visto pidiendo dinero en los pueblos, a la entrada de los hoteles.

Solidaridad bajo control

"Uno se descuida y ya hay alguien por allí pidiendo plata o comida con un morral y una bandera de Colombia", afirma Karol Moncayo, quien coordina parte de la logística que requiere la iniciativa de su padre.

En Pereira, por ejemplo, los abordaron seis jóvenes con pinta de hippies que pedían alojamiento y comida y decían tener familiares secuestrados. Alguien de la caravana les anotó los nombres y los números de cédula. Al consultar con la Policía, los números resultaron falsos.

Esos controles los impusieron después de lo que les ocurrió en Cali.

El día en que abandonaban la ciudad, el equipo de logística recibió en plena carretera una llamada de la Gobernación del Valle, entidad que apoyó a los caminantes por la paz durante su permanencia en esa ciudad.

Querían cotejar la lista de quienes se alojaron en un hotel del centro de Cali. Al hacerlo, aparecieron los nombres de tres hombres y una mujer que nadie conocía en la caravana, pero que tuvieron alojamiento y comida gratis durante dos días.

La última experiencia de este tipo les ocurrió en el Tolima. Un hombre los abordó con la historia de que la guerrilla le había secuestrado a un hijo en Santander y quería unirse a la caminata.

Rogó con tanta insistencia que el profesor Moncayo le permitió que los acompañara. Pero poco después alguien aseguró haberlo visto pidiendo plata a los que se acercaban a firmar una planilla que portan algunos de los caminantes para apoyar al acuerdo humanitario.

El hombre juró por "lo más sagrado" que no había cogido ni cien pesos. De todos modos, cuenta Karol Moncayo, después de que lo investigó la Policía dijo que tenía que marcharse porque su hijo ya había aparecido. Cruzó la carretera y cogió una flota en dirección a Bogotá.